En los años que llevo trabajando como Veterinaria, uno de los errores más grandes que veo es regalar un perro o gato a un niño. Ojo. Con esto no quiero decir que siempre salga mal, ni que sea un error en todos los casos. Recalco mucho lo de por y para el niño.
En mi humilde opinión y experiencia, el éxito de la decisión se basa principalmente en la implicación y ganas que tenga el adulto, no el niño.
Los niños con animales: una ilusión que puede desvanecerse
Casi todos los niños quieren una mascota en un momento dado. Pero casi todos se vuelcan mucho al principio y luego la ilusión va decreciendo, y cada vez le prestan menos atención y cuidados. Hay de todo, desde luego. Pero por muy maduro e implicado que sea el niño, la responsabilidad va a ser siempre del adulto, y creo que así debe ser.
Un ser vivo es una responsabilidad enorme que no debe descargarse sobre un menor. Necesita cuidados, alimento de calidad, largos paseos y atención veterinaria. Requiere un trabajo extra de limpieza del hogar, pelos por todas partes, cacas y pises al principio… que no suelen recaer sobre el hijo.
Antes de regalar un perro o un gato: ¿están los adultos preparados?
Es por esto que, en mi opinión, lo que se debe plantear son las ganas, el tiempo y el estilo de vida de los adultos.
En cualquier caso, de la familia. Nunca debe tomarse la decisión en función de las ganas del niño o su insistencia.
Cabría preguntarse:
- ¿Tienen los adultos ganas de incorporar esa mascota?
- ¿Les gustan los animales?
- ¿Son conscientes del trabajo que implica?
- Y sobre todo: ¿se plantearían tener esta mascota si no fuera porque el niño la quiere?
Si la respuesta a alguna de estas preguntas es NO, creo que quizá la idea debería replantearse.
El problema de adoptar por presión infantil
Un adulto amante de los animales, que probablemente ya tuvo otras mascotas, con tiempo suficiente para dedicarle, con ganas de sumar este miembro a la familia e ilusión propia —no solo por el niño—, tiene más probabilidades de que todo salga bien.
Pero por increíble que parezca, hay padres que no dicen que no a casi nada. A los que ni les gustan los animales ni jamás se plantearon tener uno. Que comentan: “Lo hice porque al niño le hacía mucha ilusión”. Pero cuando se dan cuenta de que el niño no puede (o no quiere) pasearlo, ni acordarse de comprar la comida, cuando ven cuánto mancha y el trabajo que supone —posibles destrozos, ladridos, gasto veterinario—, se echan las manos a la cabeza… y muchos perros acaban abandonados.

Una mascota no es un juguete: el compromiso es de los adultos
“Es que se suponía que era responsabilidad del niño y al final lo cuido yo.”
NO. Es responsabilidad del adulto, tanto física como económicamente.
No es justo culpar al niño ni exigirle responsabilidades, ni escurrir el bulto cuando nos damos cuenta de que la ilusión del cachorro en Navidad o en el cumpleaños fue genial, claro que sí, pero después dio paso a zapatillas rotas, pis y caca por todas partes y paseos a deshora.
Y entonces ya no es tan genial, y tiramos de: “Se da en adopción por no poder atender.”
Regalar un cachorro debe ser una decisión familiar y responsable
Regalar un cachorro a un niño es un momento excepcional, pero… ¿Qué lección le damos a ese niño cuando, al ver la realidad, nos deshacemos del perro entre excusas?
Seamos responsables de nuestras decisiones y consecuentes con nuestros actos. Pensémoslo mucho antes de tomar decisiones realmente importantes. Hagámonos una idea de cómo va a cambiar nuestra rutina, nuestra vida.
Merece la pena, desde luego. Soy fiel defensora de la crianza de niños con mascotas. Pero en familias en las que los adultos son amantes de los animales. No como juguete, capricho o entretenimiento para el niño, pues este, a diferencia de otros regalos, no puede devolverse (ni debería) si no encaja bien, es más rebelde de la cuenta, necesita mucho ejercicio, cambiamos de casa “y no lo admiten”, tuve otro bebé y no tengo tiempo…
Porque ahí es donde los adultos debemos enseñar a nuestros hijos que las decisiones deben tomarse con conocimiento de causa, después de pensarlo mucho y teniendo en cuenta todas las posibles variables. Y que este “regalo” durará más de 10 años, en los que tenemos que estar a la altura de nuestra decisión.
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